Tatuajes Buenos Aires | DE VIAJE AL OBELISCO DE TATUAJES BUENOS AIRES
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DE VIAJE AL OBELISCO DE TATUAJES BUENOS AIRES

La historia de Tatuajes Buenos Aires no empieza con el sonido del constante e inconfundible puntilleo de una máquina para tatuar, sino con el murmullo peculiar de un aeropuerto.

Desde la altura de Bogotá (2630 m.s.n.m.) llegaron sus creadores y hoy se han instalado en el sitio más emblemático de la Capital Federal: el Obelisco, en la intersección de la Avenida 9 de Julio y la calle Corrientes. 

José Segura es el artista de este viaje. Hace 6 años decidió salir de Colombia en busca de nuevas experiencias. Se había recibido de la secundaria y no pasó el examen de admisión de la universidad pública de su país. Esa puerta cerrada significó la apertura de otra: la de un estudio de tatuajes.

“Estaba esperando ingresar a la Universidad Nacional. Me faltaron unos puntos para estudiar Ingeniería Mecánica y pensé ‘voy a buscar otros lados, me voy’. Un amigo se había venido para acá y le empecé a hablar. Hicimos contacto y él me recibió”, rememora el tatuador y estudiante de Diseño Industrial (UBA) de 23 años.

En Buenos Aires hay universidades por todo lado. Desde Constitución hasta Belgrano. En Puerto Madero y en Agronomía. Hay facultades de Medicina y de Ciencias del Deporte. Privadas y públicas. Gratuitas y aranceladas. Se forman periodistas, músicos y publicitarios. Buenos Aires es una ciudad estudiantil, una aglomeración de juventud, rebeldía y furia.

“Como organización todas la ciudades son lo mismo, pero lo que hace a Buenos Aires diferente es la gente. Aquí la gente está muy nutrida, es muy abierta a discutir; se pueden armar debates con cualquiera 

y sobre cualquier cosa”, comenta el artista mientras realiza el diseño que alguien llevará en la piel para siempre.

La Capital Federal de Argentina siempre se ha movilizado. Si no son las organizaciones estudiantiles y juveniles, son los sindicatos, los partidos políticos, las hinchadas de fútbol o las mujeres. Ellas son parte fundamental de la formación de pensamiento y disensión en la ciudad y en el estudio de tatuajes no es diferente.

A Gabriela Garzón todo el mundo la conoce como ‘Gaby’. Estudia enfermería y es la encargada de ser la cabeza fría de esta comunidad de amigos. 

Detrás del telón hay que preparar todo para que el artista pueda desarrollar su técnica en el cuerpo de su lienzo.

“La gente cree que el tatuaje es algo recreativo. Pero lleva muchas cosas serías de fondo. La gente no sabe que el proceso de la mesa es importante; conoce que tiene que haber materiales descartables, pero no saben cuáles son. El tatuaje es un tema de salud, de diseño, de comodidad y de confianza”.

Los primeros humanos tatuados se remontan a la época neolítica. En los Alpes austro-italianos fue encontrada una momia con marcas en su espalda y sus rodillas. El tatuaje, al igual que el hombre, ha hecho viajes a través del tiempo y el espacio.

Las culturas antiguas de Asia y Oceanía usaban huesos puntiagudos para marcarse la piel. Hoy, son las personas libres y decididas de todo el mundo las que protagonizan el ritual de diferenciación o pertenencia. Porque las motivaciones para tatuarse son tan variadas como las pasiones del ser humano.

Geraldine es venezolana, tiene 32 años, vive en Francia y vino a Buenos Aires por turismo: ama bailar tango. Conoció el estudio por Internet y describe su experiencia como “dolorosa”, pero afirma que va a seguir tatuándose porque escribe sobre su piel una parte de sus recuerdos y pensamientos.  

Vandersom es brasilero, trabaja en Buenos Aires y tiene 8 tatuajes. “Me encanta tatuarme, entre más tatuajes, más lindo queda”, comenta el joven de 24 años. Define a su experiencia como un “registro de arte en el cuerpo”.

Los migrantes han sido parte constitutiva del Río de La Plata. En un primer momento llegaron de Inglaterra para construir puertos y ferrocarriles. A finales del siglo XIX, llegaron de Italia y España como mano de obra.

Luego de la Segunda Guerra Mundial llegaron de Alemania o Polonia. Con el pasar de los años empezaron a ingresar de otros países del continente como Perú, Bolivia o Paraguay y en la actualidad son los colombianos y venezolanos los que llenan las oficinas en búsqueda de una residencia provisional.

“La migración debe facilitarse más porque uno viniendo de otro país, viendo las cosas de otra perspectiva ve las oportunidades que los locales no están viendo porque para ellos es normal, están acostumbrados. Para nosotros (los migrantes) son cosas nuevas”, afirma José mientras mira a otro de los suyos: Jhosten Guzmán.

Jhosten, era vecino de José en Colombia, pero nunca cruzaron palabra. En Argentina se encontraron porque hacen parte del mismo colectivo de inmigrantes jóvenes que llegan a la ciudad en búsqueda de oportunidades.

El migrante y el que se va a tatuar sufren de los mismos miedos y tienen las mismas emociones. Sienten ansiedad, dolor y miedo. La sensación de ser tatuado es inexplicable y al inmigrante sólo lo pueden entender otros extranjeros.

“Yo llegué cuando había una camilla, un computador y un par de máquinas. Ahora es lo que estamos viendo”, toma la palabra el amigo que entiende la esencia de Tatuajes Buenos Aires a la perfección. Jhosten tiene 20 años, es productor audiovisual y con esta mudanza al microcentro porteño se unió al equipo de trabajo.

El Obelisco, al igual que los tatuajes, fue rechazado en los primeros años. A la estructura de 68 metros le tocó resistir porque algunos la querían demoler. 

El tatuaje moderno en sus inicios estuvo ligado a las pandillas, a la mafia o a las cárceles. Pero sobrevivió y hoy es parte de cualquier clase social. La tinta entra en mujeres y hombres. Jóvenes y viejos. Familias completas, individuos o parejas de amigos.

 

Desde un noveno piso en una de las avenidas más anchas del mundo los jóvenes migrantes miran al Obelisco con respeto y satisfacción: “Llegar acá es como plantar una bandera”.